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Salgamos a deconstruirlo todo y habrá valido la pena

Llevo quince días confinada sola, irme a dormir y que mi mente deje de cuestionarse ya se me está haciendo complicado, diría la psicóloga que es normal por la tensión que se vive actualmente ante la pandemia del coronavirus, pero sinceramente lo que no me deja dormir no es el miedo a la pandemia, sino el miedo a que la crisis de esta pandemia no revolucione el orden. Siendo cerca de las 4:00 de la madrugada y entre mis esfuerzos por dormir, me di cuenta que muchas de las medidas ante la pandemia ya me venían acompañando en mi vida cotidiana, medidas que ahora el mundo -en especial Europa-, asume con esa mezcla de fatalidad y heroísmo.

Quiero empezar diciendo que, de ninguna manera atravesar el sufrimiento me parece la mejor forma de aprender lecciones, menos la más justa, aunque así lo hayamos decidido. Por lo que espero que quede claro que es precisamente el valor de la vida humana sin condición alguna lo que me lleva a estas reflexiones. Lamento tener que decirles que en este territorio europeo que habitamos juntos/as ya habíamos muchas personas aisladas de la sociedad que ustedes crearon para ustedes mismos/as, personas también presionadas ante la inminente necesidad de salvar sus propias vidas y las de sus familias; algunas en albergues, otras en alguna habitación de un piso en el que todas las caras son desconocidas y no siempre amigables, y qué decir de quienes aún hacen fila por un techo, si es que existe la oportunidad.

Que el teletrabajo obligatorio, desde hace varias décadas significa para muchas personas migrantes -en su mayoría mujeres- reemplazar el ordenador por las cuatro paredes de una casa en las que se trabaja con apenas un par de horas de descanso a la semana, muchas veces bajo malos tratos y sobornos. El confinamiento no es novedad cuando intentas que alguien te de trabajo en algún lugar escondido al que no llegue la policía a interrogarte como si fueras un delincuente. Que salir a la calle con nervios de que te intersecte la policía ya era parte de la rutina. Que el miedo a enfermarnos era la constante, porque si, lamento decirles que ese sistema de sanidad tan público nunca nos ha incluido a todos/as y que, en el caso de sufrir un accidente hay gente que se refugia en sus casas antes que tener que verse de frente con la policía, encerrado en un centro de internamiento para extranjeros (CIE) y además asumir una factura impagable por haber sido atendido/a. Que ver frecuentemente a nuestros seres queridos a través de una pantalla, durante años enteros ha sido nuestra fuente inagotable de amor y esperanza para continuar. Que ir al supermercado solo cuando se pueda y ahorrar los alimentos es la única opción, porque nuestra recesión económica se ve sujeta a que este sistema gestione, en el mejor de los casos, nuestro derecho a trabajar, y que esa gestión además de tener un alto costo económico tarda varios meses e incluso años. Ya sé que muchos de ustedes pensaban que la diferencia entre ser o no ser regular en este país, -o como les gusta llamarnos “inmigrantes legales o ilegales”-, depende de ir a hacer una fila, firmar un documento y conseguir un trabajo; nada más lejos de la realidad, lamento de nuevo tener que darles la noticia de que así no funciona. Sus derechos nos han sido vendidos a precio de grandes privilegios.

¿Se sienten más cercanos los unos de los otros desde sus balcones y terrazas porque enfrentan la misma dura situación? Así nos sentimos las personas migrantes cuando cruzamos nuestras miradas en las calles, por eso con el paso del tiempo vamos formando nuestras nuevas familias migrantes. Y ni hablar de cerrar las fronteras y vernos atrapados lejos de la libertad de llegar a nuestros deseados destinos, o de los cientos de muertes a causa de la violencia en nuestros países de origen, lo que nos hizo comprender que un muerto más, nunca será un número más.

Espero que a este punto ya nos hayamos dado cuenta de que la lista es muy larga y podría continuar, pero no puedo dejar pasar esta, quizá la parte más dura y la que me llevo a escribirles: la muerte de nuestros seres queridos de quienes fue imposible despedirnos. Fue en este punto en el que me percaté de que el aislamiento y la crisis para los/las migrantes empezó mucho antes. ¿Acaso no había pasado yo, ya un día y una noche mirando a través del ordenador el ataúd de mi abuela sin haber podido darle el último beso? Esto, después de que la abogada me sugiriera que para mi situación legal no era recomendable salir de España antes de cumplir los tres años de haber entrado – mi abuela falleció a los dos años y dos meses -, si, aquí me di cuenta de que el Estado y la sociedad legitimaban mi dolor, y con esto, el resto de la lista de medidas.

Querida sociedad europea, me duele su dolor como el de cada persona que lo ha vivido antes que ustedes, pero entérense por favor, que en muy similares circunstancias, patrocinadas por gran parte de la sociedad global, hemos vivido muchas personas por una sola razón: TENER UNA NACIONALIDAD, RAZA, ETNIA, RELIGIÓN O CUALQUIER OTRA CONDICIÓN, DIFERENTE A LA DE USTEDES.

Salgamos de esto a deconstruirlo todo y habrá valido la pena, porque nos urge mirarnos a la cara y aceptarnos humanos, personas ciudadanas del mundo, diversas y valiosas, merecedoras de los mismos derechos y con necesidad de restaurar a quienes han sido más perjudicados.

Tani Vásquez. Trabajadora Social. Mujer migrante en Valencia, España.

Comentario(1)

  1. RESPONDER
    Virgi dijo

    Precioso Tani!!

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