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Contribuciones de la ruta pacífica de las mujeres al proceso de paz colombiano: una revisión desde la justicia transicional

Por Clara Palop Lainez

La Ruta Pacífica de las Mujeres es un movimiento de la sociedad civil colombiana, compuesto por 300 organizaciones de mujeres radicadas en 142 municipios de 18 departamentos del país. Mujeres de diversa ascendencia, edad y clase social, el mismo congrega campesinas, indígenas, afrodescendientes, raizales, jóvenes, mayores, estudiantes, sindicalistas, feministas e incluso organizaciones dedicadas a la ecología o al arte. Un movimiento abiertamente pacifista y antimilitarista, tendente a la construcción de una ética de la No-Violencia que recoja entre sus principios fundamentales el reconocimiento de la diversidad, la equidad, la justicia o la libertad. Su surgimiento se sitúa en 1996, con la movilización de 2000 mujeres a Mutatá como muestra de solidaridad con las compañeras cuyos territorios se encontraban asediados por el conflicto. Militando en pleno apogeo armado, y aun cuando su accionar se dirigía originariamente hacia la salida negociada del conflicto, sus prácticas no se vieron interrumpidas por el Acuerdo de Paz alcanzado en 2016, pues la violencia estructural continuaba presente.

Las organizaciones integrantes de la Ruta Pacífica de las Mujeres son referentes en la creación de marcos teóricos sólidos y conceptualizaciones radicales sobre las nociones de paz, violencia o desigualdad. Su posicionamiento político-ideológico goza de relevancia, pues desde ahí se erigen discursos capaces de contribuir al ensanchamiento o transformación del imaginario colectivo de la población. Analizan la violencia ejercida contra las mujeres bajo la herramienta conceptual del llamado Continuum de las violencias, que responde a la pregunta: “Por qué para las mujeres la frontera entre guerra y paz no es tan significativa?”, para lo que proponen hablar de la paz para estas no como situación contrapuesta a la guerra, sino a la violencia, la cual permea la cotidianeidad y opera en todos los ámbitos de la vida social (RPM, 2013: 30).  En el presente artículo, sus estrategias serán ubicadas a través de la caracterización impulsada por el Informe Joinet (1997) en torno a los cuatro derechos exigidos en períodos transicionales: acceso a la justicia, a la verdad, a la reparación y a la garantía de no repetición.

La Justicia Transicional (en adelante JT) hace referencia al proceso político dirigido a abandonar: “modelos de organización social, política y/o económica que en el pasado han generado abusos a gran escala”, para adoptar otros en los que dichos abusos no están presentes, o al menos no de manera estructural (Olasolo, 2017: 227). Según el Secretario General de las Naciones Unidas (2004: párr.8) el componente justicia comprende: “toda la variedad de procesos y mecanismos asociados con los intentos de una sociedad por resolver los problemas derivados de un pasado de abusos a gran escala a fin de que los responsables rindan cuentas de sus actos, servir a la justicia y lograr la reconciliación.”

Más allá de esta definición, las teorías críticas construyen, a través de la existencia de los abusos a gran escala, un concepto que gira en torno a la “violencia estructural”. Estos abusos no son más que el síntoma a través del cual se manifiesta la violencia o injusticia estructural, radicada en formas de organización social vehiculadas a partir de relaciones de poder asimétricas, las cuales constriñen y delimitan las oportunidades de los diferentes miembros de la sociedad para la consecución de sus derechos y deseos vitales. De esta manera, cohabita la violencia consecuencia de este con la violencia estructural consecuencia del sistema de organización social vigente. Es el conflicto social, producto de un “modelo económico-político de sociedad excluyente y estructuralmente violenta” el que se encuentra en los orígenes del conflicto armado. En este sentido, la JT debe abordar, mediante la reforma o la abolición, las instituciones que se encuentran en la raíz de la desigualdad. De la misma manera, debe ser capaz de construir nuevas, estas últimas capaces de ejercer una gobernanza alejada de dinámicas excluyentes que subalternizan a gran parte de la población (2017: 237).

En este escenario, la perspectiva de género se revela vital, ya no únicamente por exponer la condición diferencial que atraviesa la vida de las mujeres víctimas, sino por enfatizar su carácter agencial, su rol como constructoras de paz, principales partícipes de la profundización de la justicia social. La perspectiva de una Justicia Transicional “desde abajo” concentra tanto la participación de actores no estatales en la aplicación de instrumentos de JT en instancias formales, como las prácticas de resolución de conflictos implementadas en espacios locales, a través de los cuales se advierte el arraigo social de estos mecanismos. En palabras de Virginia Woolf, debemos ser capaces de “hallar nuevas palabras y crear nuevos métodos” (1938: 193) para evitar la guerra, practicando la diferencia. No se trata de crear universos identitarios cerrados, sino de poner en valor comunidades de referencia que prioricen la experiencia de las mujeres. (Magallón, 2006: 219)

Basadas en teóricas de relevancia como Hannah Arendt (RPM,2013: 25), el proyecto político de la Ruta resalta diversas ideas fuerza, a saber: la eliminación de toda opresión de género, a través de la transformación de las estructuras económicas y modelos de producción, así como las construcciones ideológico-culturales; el énfasis en la desmilitarización de la vida cotidiana, bajo la asunción de que la violencia se ha hecho cultura, con un cuestionamiento radical de la función del ejército y del militarismo como facilitador y reproductor de lógicas patriarcales; la constatada creencia de que los verdaderos procesos de paz involucran a la sociedad civil en su desarrollo, tanto en instancias formales como informales de poder, así como a los colectivos más invisibilizados y vulnerabilizados, como es el caso de las mujeres rurales; y finalmente, el esclarecimiento de la unión velada entre la violencia contra las mujeres y la violencia social y política, con la generación de una masa crítica capaz de hacer gravitar el devenir nacional hacia la paz (RPM, 2013; RPM, 2018a).

Para que tales conceptos no se vacíen de significado, las organizaciones que conforman la Ruta implementan dos agendas estrechamente relacionadas: nacional y regional. De esta manera, junto a los enfoques feminista y pacifista, las mujeres desarrollan un tercer enfoque, el territorial. Atendiendo a las especificidades de cada región, detallan agendas de actuación alineadas con los objetivos y pilares demarcados nacionalmente, renovados cada lustro y referenciados con respecto a la Agenda Histórica del movimiento. La perspectiva local se combina con una amplia red de alianzas con otras asociaciones de mujeres, de carácter nacional e internacional, como la Organización Femenina Popular de Colombia, formando parte de la Cumbre de Mujeres y Paz, del Movimiento Internacional de Mujeres de Negro contra la Guerra o del denominado grupo Peace Women Across the globe (RPM, 2021).

En materia de acceso a la justicia, su principal instrumento es la movilización social. Ha convocado 18 movilizaciones nacionales, congregando a más de 130.000 mujeres desde 1996 hasta 2021. En ellos se realizan actos políticos y académicos, vigilias o recorridos por las calles del lugar. En cuanto a su incidencia en política institucional, a través de la presión, denuncia o generación de espacios políticos, ha buscado incidir en asuntos de interés público como el narcotráfico, el TLC con Estados Unidos, las reformas agrarias, la ley antiterrorista o los convenios indígenas, todo ello vehiculado a través del enfoque de género. Reseñando su incidencia de carácter jurídico, ha interpuesto recursos ante la Corte Constitucional, el Ministerio de Salud, el Senado y la Cámara, y la Corte Penal Internacional.[1] Finalmente, la Ruta Pacífica estuvo presente en las Conversaciones de la Habana, posicionando las diversas agendas, nacional y territorial, mediante la entrega de los resultados de la Comisión de la Verdad, asistiendo en tres ocasiones en calidad de organización experta (RPM, 2018a).

[1] Actualmente, la Ruta Pacífica desarrolla su Agenda de Paz para el Postconflicto Si ahora no, ¿Cuándo? 2019-2024, enfocada en garantizar la implementación del 27 Acuerdo con enfoque feminista y de derechos. Entre sus pilares encontramos: la incidencia ante la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la no Repetición -CEV-, a través del aporte de las publicaciones de la Ruta; incidencia frente al desarrollo de la Jurisdicción Especial para la Paz -JEP-, prestando colaboración en casos de peritaje, capacitación al funcionariado o pedagogía con las mujeres en los territorios; e incidencia frente a la implementación del Acuerdo, en concreto en lo concerniente a la Reforma Rural Integral, la sustitución de cultivos ilícitos y la participación política de las mujeres (RPM, 2018a).

Uno de los aportes fundamentales de la Ruta al proceso de paz lo constituye la Comisión de Verdad y Memoria de las Mujeres Colombianas, cuyo objetivo es ubicar a las mujeres y sus reivindicaciones en el centro del debate político. Una de las publicaciones más reconocidas de la Ruta, junto a organizaciones afines, tiene por nombre La verdad de las mujeres en el conflicto armado en Colombia. Se trata de un documento que recaba el testimonio de 1.000 mujeres víctimas del conflicto, de todas las edades y procedencias. A través de él, se hace visible el sufrimiento de las mujeres y las consecuencias de la guerra, bajo la pretensión de generar una reflexión pública e incidir en procesos judiciales formales.

Trabajan con dos tipos de verdades: la verdad fáctica y la narrativa. La primera persigue el análisis de los contextos, causas o impactos que traen consigo las violaciones de los DD.HH., mientras que la verdad narrativa ahonda en la experiencia subjetiva y los diferentes significados que se le dan a la misma, contribuyendo a la dimensión sanadora de la verdad. Se trata de un hecho reparador, al permitir el reconocimiento de la credibilidad de la palabra de la víctima, mitigando la violencia simbólica intrínseca al discurso hegemónico. Por todo ello, se propone la Narrativa como método de investigación (La verdad de las mujeres, 2013b: 23-24). Se parte de una epistemología no neutral, donde las narraciones en primera persona de la experiencia de las mujeres colombianas se toman como fuente de conocimiento, construyéndose un espacio de trabajo que descansa “sobre una red de relaciones de confianza entre mujeres”, donde quien escucha “no solo accede al conocimiento de la historia, sino que la acoge y la reconoce en su integridad” (2013b: 27- 28).

Todas las acciones inscritas en las restantes categorías contienen una dimensión sanadora, pues el acceso a la justicia o a una verdad que repare constituyen actos de reparación en sí mismos, así como las estrategias pedagógicas descritas más adelante. No obstante, la Ruta Pacífica también acompaña directamente a las mujeres víctimas del conflicto, fundamentalmente en materia legal, psicosocial o sanitaria. Desde la publicación del Informe de la Comisión de la Verdad de las Mujeres en 2013, la Ruta ha llevado a cabo una serie de acciones destinadas a ofrecer acompañamiento psicosocial a las mujeres víctimas del conflicto, en el marco del proyecto “Mujeres enrutadas en la construcción de la Paz, la Verdad, la Justicia y la Reparación”, apoyado por ONU Mujeres. Ejemplo de ello es la creación colectiva de dos obras de teatro, realizadas en 2016 por 56 mujeres de las regiones de Cauca y Santander, bajo el objetivo de fortalecer el acompañamiento individual y colectivo -a través de herramientas de Teatro-Pedagogía- de las mujeres testimoniantes de la Comisión de la Verdad. Divulgadas en colegios, universidades y escenarios públicos, las obras pretenden contribuir a la “desprivatización” del daño, construyendo un relato colectivo donde “lo que había sido silenciado, puede ser ahora escuchado, visto, sentido por otros y otras”, escucha que asegura “que las demandas de justicia y reparación no mueran con la 30 generación que experimentó directamente el sufrimiento.” (La verdad de las mujeres en escena, 2017b: 12) Su apuesta prima la recuperación del elemento simbólico-emotivo, contrario a la razón moderna, como vehículo a partir del cual construir un diálogo y una nueva forma de interrelación. La utilización de símbolos actúa como “invitación simbólica a recuperar y a crear nuevos sentidos, el poder de la fiesta y de la risa en nuestra cultura, a romper el esquema de la destrucción y la muerte.” (RPM, 2003: 133) De esta manera, su militancia se estructura mediante acciones estéticas, artísticas y lúdicas, cuyo objetivo sirve al fin de generar una “nueva cultura de expresión pública desde las mujeres […] (donde) se recupera el derecho a la calle, el derecho a la desobediencia civil no armada” (2003: 134).

Finalmente, dentro de las garantías de no repetición se ubica el enfoque pedagógico de la Ruta Pacífica, cuyo eje fundamental se estructura en torno al impulso y desarrollo de la Escuela Itinerante de Formación Política Trenzando saberes y poderes. Esta orienta sus objetivos hacia la construcción de sujetos políticos en femenino, capaces de “posicionarse desde lo político en la política”, proponiendo una estrategia de acción colectiva que sitúe lo político entre lo público y lo privado/doméstico. Entienden que una pedagogía feminista, pacifista y no violenta requiere la configuración de una ruta formativa y de capacitación capaz de orientar, y de ser en sí misma, una práctica política feminista que permita redefinir los marcos interpretativos de la realidad. Otra de las acciones implementadas por la Ruta son las Políticas de Protección, la primera desarrollada en 2003 para enfrentar la escalada de violencia que asolaba el país, estrategia actualizada en 2019 motivada por el gran número de amenazas y asesinatos cometidos contra personalidades líderes del país. Se trata de una estrategia actualizada en conjunto y devenida de cada ente regional, a través de la cual se intenta prevenir la violación de derechos humanos, salvaguardando la integridad física y psicológica de las mujeres y fortaleciendo sus redes asociativas.

A modo de conclusión, el movimiento conformado por la Ruta Pacífica de las Mujeres ha incidido significativamente en el proceso de paz colombiano. Se trata de mujeres que, valiéndose del entramado teórico de la justicia transicional, han sido capaces de imaginar una nueva sociedad para su país. Lejos de estancarse en las categorías o mínimos exigibles mencionados-justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición- han construido redes de trabajo y apoyo articuladas colectivamente, motivadas por pretensiones maximalistas. Han adoptado una definición de la paz de carácter integral, conteniente de múltiples dimensiones capaces de contribuir a una justicia estructural y equitativa. Sus tres enfoques preferenciales -feminista, pacifista y territorial- se materializan en estrategias diferenciadas pero complementarias, abordando la salud psicosocial, la memoria histórica, la protección colectiva o la incidencia en instancias formales de poder.

El carácter integrado de sus acciones, devenido de un proyecto ético-político firmemente comprometido con la erradicación de las estructuras de desigualdad, explica gran parte del éxito en términos de movilización e incidencia de la Ruta. Esta ha contribuido a ensanchar el imaginario en torno a la definición de paz, oponiéndola no a la guerra, sino a la violencia. Una violencia en la que se continúa socializando la población, que impacta determinantemente sobre los cuerpos de las mujeres. Es en este escenario en el que las mujeres colombianas continúan trabajando, independientemente de la existencia o no de un conflicto armado.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Grupo Nacional de Memoria Histórica (2013).  Basta ya Colombia: memorias de guerra y dignidad, Bogotá: Imprenta Nacional.
Joinet, L. (1997): Informe final revisado acerca de la cuestión de la impunidad de los autores de violaciones de los derechos humanos (derechos civiles y políticos), de conformidad con la resolución 1996/119 de la Subcomisión, Comisión de Derechos Humanos, 49 período de sesiones, Doc. E/CN.4/Sub.2/1997/20/Rev.1, anexo II.
Magallón, C. (2006): Mujeres en pie de paz: pensamiento y prácticas, Madrid, Siglo XX.
Mesa de Conversaciones (2016). Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. Bogotá.
Olasolo, H. (2017): Derecho internacional penal, justicia transicional y delitos transnacionales: dilemas políticos y normativos, Valencia, Tirant Lo Blanch.
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Ruta Pacífica de las Mujeres. (2015a): El camino de vuelta de la memoria, Bogotá. Disponible en: http://rutapacifica.org.co/documentos/elcaminodevueltadelamemoria.pdf [Último acceso: 29/03/2021]
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Ruta Pacífica de las Mujeres. (2018a): Si ahora no, ¿Cuándo? Agenda de las mujeres de la Ruta Pacífica para la implementación del Acuerdo de Paz en Colombia (2019-2024), Bogotá. Disponible en: https://rutapacifica.org.co/wp/wp-content/uploads/2021/03/agenda-de-paz-web.pdf [Último acceso: 07/03/2021]
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Sánchez, C. y Oliveros S. (2014): “La reparación integral a las víctimas mujeres: Una aproximación a la aplicación del enfoque diferencial de género en el contexto del conflicto armado colombiano”, Pontificia Universidad Javeriana.
Segato, L. (2016): La guerra contra las mujeres, Madrid.
Sierra Caballero F. y Del Moral, L. (2012): “Cultura de paz y biopolítica. Pensar los derechos humanos desde un nuevo pensamiento antagonista de lo procomún” en Abellán M., J. (comp.) Las praxis de la paz y los Derechos Humanos. Joaquín Herrera Flores In memoriam, Universidad de Granada.
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